lunes, 30 de septiembre de 2019

Serafín

Tenía muchas dudas, pero después de unas cervezas lo logré identificar.
También tenía alas.
Seis. Dos que ocultaban su rostro, dos para volar, y otras dos que cubrían sus tobillos.

Preferiría modificar todos los recuerdos y escribir la historia de otra forma;
Empezaría diciendo que la conocí una noche de oleaje suave, nos cruzamos mirando el cielo. Torpes. Venías temerosa, y yo abstraído. Sólo por miedo no quisimos hablar.

La segunda vez, las olas rompían con fuerza, el mar hacía ese ruido que asusta y que a veces te hace correr. De noche sólo el sonido advierte que te puedes mojar. Corrimos en la misma dirección.
Nos saludamos y nos quitamos el miedo de cruzar nuestras propias corrientes.

La tercera, cuarta y quinta, despegamos. Ya caminar no era suficiente. ¿Cómo lo sería?
Las plumas de sus alas a veces caían a mis pies, y ahí notaba que ella estaba más alto de lo que creía.
Subí, sabiendo siempre que desde más arriba, la caída es más fuerte. Había que hacerlo y ya. Da igual, todo tiene su precio, y unos metros tampoco harían mucho daño.

Compartimos un vuelo largo, nos enseñamos las constelaciones y unos fulgores se cruzaron por el cielo. El tiempo se hizo relativo y metimos semanas, meses y años en pocas horas.
Dime ¿Esa es la magia que requiere a dos buenos magos como nosotros? ¿O seguimos confiando y diciendo que todo es coincidencia?

Creí que eso sería todo, que al final, siempre se vuelve a la tierra a caminar y extrañar.
Que nos faltaron horas, como siempre.
¿Fallé?
¿Otra vez?

Volvimos a volar muchas veces más, ahora descubrimos nuevas constelaciones y les pusimos nuestros propios nombres, las estrellas fugaces nos miraban a nosotros pasar, y envidiaban nuestra eternidad.
Dominamos muchas nuevas técnicas y hasta aprendimos a dormir volando y compartir los sueños.
Ahí empezó otra historia diferente y mucho más larga.

En fin,
algo así escribiría todo... quizás... sonaría bien.

08:25 am.

viernes, 6 de septiembre de 2019

No hay horarios para las aventuras

Siempre pensé que cómo suele pasar, nada bueno ocurre cerca de las 02:00 am.
Un día de semana cualquiera, así como... un martes... y menos en lugares que no conozco muy bien.

Varias semanas pensé en que no nos volveríamos a ver.
Pero, ¿quién sabe?
Algo de suerte y el sol nos arrinconaba a la única sombra.
La incertidumbre lo volvió mucho más entretenido.

Es curioso cuando llevas una vida rápida, con poco descanso, lo ruidoso que se vuelve todo. Encontrar pequeños espacios de silencio es una quimera... si no es en la ducha, o escuchando música, no hay como callar la cabeza... sobre todo ahora, antes de dormir.

Ese día te vi a lo lejos y pensé "Ok, nos seguiremos viendo" y sonreí.
Eres una de esas personas que quieres que aparezcan pronto, pero que nunca lo sabes con mucha antelación.

Justo sonó en mis audífonos una muy buena canción,  y al cabo de unos segundos, mientras miraba las sombras en el piso, vi unos pies acercándose en dirección a mi.
Conversamos, y cuando llegó el bus, compartimos el viaje.

La buena onda se transformó en compañía.

¿Acaso es tan difícil para todos entender eso? Pagar una buena acción con otra debería ser algo que a todos nos debiese nacer...

El día siguiente fue uno de esos muy largos... dijiste que tenías hambre y buscaste lugares en tu cabeza para compartir... yo dije que sí, sabiendo que no encontraríamos nada, y luego de unas cuadras, tomamos la moto y fuiste mi primera pasajera.

Me sentí atontado como luego de un par de tragos.... como cuando uno comienza a tomar malas decisiones, pero no importó... recorrimos algunas calles con poco éxito, hasta que corrimos a un lugar no muy lejos. Conversamos un poco, reímos algo más, y después de comer, nos despedimos.

Lo espontáneo siempre se comerá al plan, no había que darle más vueltas.

A veces alguien te pone donde necesitas estar.
Muchas veces, ese alguien, es uno mismo.
¿Coincidencias?
Quién sabe.

3:19 am.