Cuando tenía entre 3 y 8 años, llegábamos al sur después de todo un año escolar y de estrés de los papás. Tras varias horas de viaje, bajaba del auto y corría para abrazar a mi abuela, mi prima y mi tía. Me ponían ropa de invierno aunque fuera verano, porque allá la temperatura suele ser más baja. Sentía un aroma a prado, animales y flores. Todo mezclado. En las mañanas, acompañaba a mi mamá y a mi abuela a ver las vacas, recoger huevos del gallinero y jugar con los lechones. Recuerdo que las mañanas eran muy activas, y mientras todo el mundo se hacía cargo de alguna cosa, yo salía a la calle, a mirar el reflejo del sol en un charco de agua, y sentir ese vientencito en la cara que solo se siente allá, en el sur.
Esa misma sensación de calma tengo cuando estoy contigo.