Entre su grupo y el mío se los fue llevando la noche, y yo me vi solo otra vez con esta chica bronceada de cabello largo. Decidí dejar el desgano y dar de vuelta la situación. Cogí su mano, y la invité a caminar. Tenía la sonrisa apagada y a veces su mirada se perdía lejos imaginando cosas que nunca pude descifrar.
Logré hacerla reír y eso me pago la noche entera.
Fue la primera vez que amanecí fuera, y veía como entre los cerros ya iba saliendo el sol.
Aún estábamos sentados en la arena, cerca para pasar un poco el frío, y tímidos como dos escolares que se gustan y no saben qué hacer.
Fue un verano inolvidable, y quizás sin tu partida no me pararía tanto a agradecer todo lo que aprendí junto a ti. Recuerdo esas primeras tardes de fotos en la playa, palabras pintadas en tu pared celeste, tus dibujos y colores en tus blocs, y ese uniforme de colegio religioso granate con el que te veías tan bien.
Ya van muchos años, más de los que creía que podrían pasar.
Hablo todos los días con mi mejor amigo, y recuerdo la sorpresa de darnos cuenta una vez que ambos te habíamos conocido en momentos y lugares diferentes de nuestras vidas.
Hasta hace unos pocos años hablaba aún con tus hermanas y nos reíamos de las veces que te hacíamos enojar o cuando poníamos esas canciones con las que no podías evitar bailar y hacer esos pasos locos que nos hacían reír.
Me pregunto qué estarías haciendo ahora, si aún estaríamos juntos, y si esa tez suave aún nos recuerda en algún lugar.
Todo fue un día como hoy.
Todo fue un día como hoy.
Nadie debería irse tan pronto.
Perdón por nunca hallarme cuando te recuerdo. Esto es todo para ti. Algún día seré capaz de darte el espacio imposible que te mereces en algún lugar.