Ibas caminando rápido, apurada, como si alguna obligación ajena impetuosa te diera la orden de seguir adelante sin mirar atrás, porque no había tiempo. Cuando tienes apuros actúas así, pero siempre se trata de problemas de otros, los tuyos los solucionas diferente, caes en desesperación cuando es por alguien más, y necesitas esa inmediatez en tus soluciones.
Tus cosas las manejas mejor, con un poco más de calma e independencia.
Seguías avanzando tan rápido que a veces olvidabas que yo iba detrás, y no se te hacía difícil soltar mi mano y apurar el paso, porque en el fondo, sabías que yo estaría ahí al voltear, y que no me iba a aburrir o cansar de seguirte.
Una par de veces decidí no hacerlo, y te dejé ir corriendo a tu vida, mientras yo me sentaba, encendía un cigarro y me ponía a revisar si todo lo que hacía estaba bien o mal, y si las cosas malas eran culpa mía, qué factores me habían llevado a eso. Pensaba siempre en eso, que finalmente la suma de todo iba dando resultados constantes, y que la vida era un reciclaje permanente de situaciones, donde tenía que ir tomando lo bueno y desechando lo malo. Incluso pensaba a futuro en que ese momento sentado, de análisis, iba a ser sometido a juicio y ver si había sido netamente bueno, u otra pérdida de tiempo más... divagar y no concluir nada de nada.
Creo que sólo por el hecho de vivencias anteriores, presentía que ya sabía algunos de los resultados. Que te irías corriendo cada vez que alguien más fuera lo suficientemente importante, que tu atención fuera merecida por otros, mucho más que por mi. Que a fin de cuentas, podrías tener razón en tener ese interés punzante en algunas cosas, para las que a mi me considerabas poco apto para conversarlas.
Creo que confiaba demasiado ciegamente en mi juicio, y no era capaz de darme cuenta de que todos los hechos ajenos del pasado no eran una regla real para medir las nuevas situaciones y personas que tenía en el presente. Mis estúpidos afanes de reduccionismo de la mente humana y sus comportamientos estaban completamente equivocados si creía que sabía cómo era todo el mundo, sin siquiera darles la oportunidad. Y sí, estaba equivocado, y luego de aceptarlo me dejé llevar.
Habían pasado unos dos minutos y comencé a sentir un calor en el pecho y un ahogo poco común. Quería abrir la ventana, y me di cuenta de que estaba en la calle y por alguna extraña razón había estado aguantando la respiración sin ningún motivo. Me levanté mareado y pasé suave los dedos por mi frente hacia arriba, tratando de encontrar el centro. Me volví hacía un lado, y ahí estabas, sentada al lado mío, bebiendo esa limonada fría que te encanta, y riendo con la mirada.
- Amor, estás bien?
Sólo esas tres palabras fueron suficiente.