Delaté a mis amores, y en cada vuelta de página iba dejando atrás las cicatrices heladas. Me confesé conmigo mismo y moldeé esta mejor forma antes de meterla al horno y hacerla ver la luz.
Miles de gotas de lluvia inesperada limpiaron las impurezas de mis lentes, el papel se arrugó y la tinta comenzó a hacer sangrar algunas letras al azar, pero nada me importaba más que el verde del pasto y los colores de las flores que gozaban el rocío de una brisa tropical.
Fue un verano lejano e imprudente, con sonrisas a medias y conversaciones fugaces, de observación y risas de niño inocente, atrapados por la corriente, en un mar caudaloso de tiempo inerte.
No sé porqué añorabas quedarte allá, lleno con ese vacío gris de los paseos costeros solitarios, o aquí con el fulgor incierto de la compañía, su mirada nueva, y los colores de su sonrisa enamorada.
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